Decir que el Tango es un objeto sexual no parece disparatado.
Empezar a pensar en que existe una supervaloración sexual psicológica de este objeto amado que se extiende inevitablemente a todo lo que con él se halla asociado, sería parafrasear al mismísimo Freud cuando escribía allá por el 1905, sobre las aberraciones sexuales, en sus "Tres Ensayos para una Teoría Sexual".
Es importante precisar que la palabra perversión no es peyorativa, ni implica patología. El padre del psicoanálisis destaca que estas prácticas integran la vida sexual del hombre común. Freud nos aclara, en su Ensayo, que es común en el amor normal cierto grado de
fetichismo, sobre todo en los enamoramientos donde el fin sexual es postergado o sublimado.
En la elección del
fetiche tienen que ver las experiencias de la infancia, normalmente con la madre. El objeto la representa y su pérdida o alejamiento duele menos. La aberración del pensamiento sexual queda fijada en un objeto.
Freud marca los zapatos como símbolos correspondientes a los genitales femeninos. Si a las mujeres, en general, les gustan los zapatos, las
milongueras les rinden culto. Los eligen sensuales, llamativos. Lo primero que hace una mujer que comienza a tomar clases es comprarse zapatos…y no buscan comodidad sino identidad. Los tangueros no se quedan atrás. Brillantes, con tacos, de colores. Lo explícito es que en el manejo de los pies se demuestra la excelencia de las figuras pero….los psicoanalistas no pueden abstenerse de dudar…El fetichismo se extiende en las medias de las bailarinas, guantes, ropa que parece lencería, rasos y sedas….dejando que la acumulación de pruebas nos ayude a sostener nuestra primer teoría: El Tango es fetichista.
La mirada hace correr el riesgo del
pecado. La mirada despierta la excitación
libidinosa cuando va en busca de aquello que adrede se oculta. La desnudez no motiva tanto como ese dejar entrever de un tajo insinuante, de un escote, de los encajes morbosos.
El Tango provoca la mirada, la incita, la necesita para sentir.
Las milongas a plena luz, para verse mejor.
Las parejas abrazadas, mostrándose...copulando en tres minutos… sin pudor.
Unos que se muestran y otros que miran.
Contemplar o ser contemplado.
La mirada sostenida en una pareja abrazada en la calle, molesta, es indiscreta. Pero nos sentamos en primera fila para observar detenidamente el abrazo en una pareja bailando Tango.
El Tango es exhibicionista y
voyeurista por eso necesita de campeonatos, concursos y toda clase de oportunidades de mostrarse, de exhibirse.
Todos sabemos que en el acto sexual existe algo de
sadismo. Los amantes juegan, mezclándose la agresión, la sumisión y la dominación. En el intercambio amoroso no hay vencedores ni vencidos.
En el Tango que vemos interpretado sobre un escenario, solemos presenciar ese ritual íntimo. La mujer es arrastrada, el hombre despechado. Hay encuentros y rechazos. Ternura y violencia. Diálogo apasionado de dos cuerpos que se entregan.
Me gusta sostener que: El Tango es sado-masoquista, pero me molesta la caricatura, la exageración, que lo convierte en aberración, cuando lo exportamos, impúdicamente, sobre escenarios del mundo.
El Tango, nos muestra todas las posibilidades de un perverso polimorfo, pero, al igual que un niño inocente solo juega con ellas.
Es muy interesante pensar por que se consume, en el exterior o para el turista, un Tango que alardea de perverso y libertino. Tal vez en el ilusionario europeo todavía es necesario proyectar en nosotros, los sudamericanos, esos otros….los deseos que sus inconcientes ya no pueden seguir reprimiendo.
Mónica Peri