Decidí llamar a una librería que casi siempre tiene rarezas y ediciones agotadas. Marque el número que figuraba en la calcamonía pegada en uno de mis libros y me atendió una señora mayor, con una dulce voz. Enseguida le pregunte por el libro en cuestión, a lo que ella me contesto: “No, mire…no me interesa porque yo soy bailarina de tango y ya tengo muchos libros”. No entendí bien, pero tras un cruce de frases confusas, me di cuenta de lo que sucedía. Yo me había equivocado al marcar y tenía al otro lado de la línea a una señora mayor, pensando que yo le quería vender un libro. Tras explicarle lo sucedido, comenzamos a conversar.
Me dijo que tenía más de ochenta años, que era de una familia de músicos y que había vivido el Tango desde joven. Yo le hable de Sentirtango, ella manifestó no estar actualizada con Internet, salvo lo que le contaban sus nietos, pero eran cosas que ella nunca entendía. Le dije que me encantaría nos viéramos un día en un café para charlar sobre sus vivencias, pues una parte de Sentirtango iría dedicado a rescatar las experiencias y lecciones de vida de la gente mayor en relación al Tango. Ella desde el principio se negó. Primero dijo: "imposible… me estoy yendo de viaje mañana mismo”, le pregunte cuando regresaba y me respondió enigmáticamente: “Mire, si Dios quiere ya no regresaré” a lo que contesté “Entonces veámonos hoy!!!”....y ella explicando… “Pero usted ha de saber que a nuestra edad nuestra vida ya no nos pertenece, es de nuestros hijos, de nuestros nietos... y ellos se enojarían simplemente por el hecho de que este hablando ahora con usted”, yo seguí insistiendo, le hable de mi y de mi proyecto en el Tango, le conté como mi abuelo, entre suspiros, ya en sus últimos meses de vida me había entregado el fabuloso regalo del Tango. Le hable de cómo se irritaba cuando le confesaba que no sabia bailar: ¿¿Y como haces para sacar a las minas a bailar en las fiestas, si no sabes bailar?? Mas adelante, cuando empecé a tomar clases de baile, no me creía: “Vos me estas macaneando....¿¿como es eso de que alguien te da clases de Tango??.
Le hablé a la señora de todas las charlas que me hubiera gustado tener con mi abuelo, a medida que mi pasión tanguera crecía, todo lo que me hubiera gustado compartir y no pude, porque esa intensa comunicación que tuvimos fue lamentablemente a contrarreloj... me faltó tiempo.
En un momento de la conversación con la señora, que seguía negándose, le dije mi nombre y le pregunte el de ella. Dudó unos segundos, me parecieron eternos, hasta que escuche “mire, hasta mi nombre esta empapado en tango, Violeta”.
Yo insistí e insistí mientras ella sentenciaba “Yo soy una señora que ha de estar muy pendiente del “que dirán”... ¿Qué va a pensar la gente si nos ven en un café juntos?
Todos mis intentos de convencerla fueron en vano.
Le ofrecí mi número de teléfono para que lo pensara, o me llamara alguno de sus hijos o nietos. También le hable de mis emociones mas intimas respecto del Tango. Durante largo rato fue un monologo emotivo...ella callaba. Yo, de tanto en tanto, delicadamente hacia pequeñas pausas para provocar alguna palabra suya, confirmando que seguía en línea y me oía.
En un momento, Violeta pareció quebrarse y vino una frase abrupta de despedida: “Mire joven...no insista, no puede ser....ni yo le voy a llamar a usted, ni por favor me vuelva a llamar... la verdad… me ha hecho revivir y quedo agradecida, pero ahora tengo que dejarle...un saludo” y sin mas, Violeta terminó el dialogo.
Imaginé a Violeta, con su mano delicada apoyando suavemente el teléfono y llevando esa misma mano hasta su cabello para darse una leve caricia acomodadora, mientras saboreaba algunos recuerdos evocados.
Unos minutos mas tarde, llame al número escrito en la calcamonía, esta vez marqué el número correcto. El libro que yo andaba buscando, no estaba allí.
Nicolás Lévinton