Es innegable la relación que existe entre el tango y el lunfardo. Basta con recorrer las letras de tango desde sus orígenes para encontrar que los poetas del género hacen un extenso uso del lunfardo. Pero ¿qué es en realidad el lunfardo? ¿Un idioma? ¿Un dialecto? ¿Una jerga carcelaria? ¿Un vocabulario?
Dado que el uso del lunfardo excede en mucho a su aparición dentro del corpus tanguístico, pues es un elemento vivo del habla del Buenos Aires de hoy creí necesario comenzar por aclarar lo que el lunfardo no es, con el objeto de precisar más adelante lo que sí es.
En relación con el origen del lunfardo hay una gran cantidad de fantasías. La más disparatada de todas –sostenida incluso por el autor de un reciente diccionario– es que el lunfardo es un idioma. Desde el siglo XIX ha habido quienes postularon la existencia de un idioma nacional. La tesis, impulsada por Juan María Gutiérrez, fue defendida en 1900 por el francés Luciano Abeille, que publicó en París un libro llamado justamente Idioma Nacional de los Argentinos, donde proponía una especie de mix entre el español y las lenguas indígenas, el francés, el italiano y en menor medida el inglés y el alemán. Una suerte de neo-esperanto delirante. Es cierto que Abeille no tenía en cuenta el lunfardo, pero sí propugnaba el uso de términos y expresiones populares que en su momento horrorizaron a otros defensores de la causa, como Mariano de Vedia.
Está claro que el lunfardo no es un idioma. No lo es porque no se puede hablar completamente en lunfardo, como sí puede hablarse en quichua, en guaraní o en portugués. Y esto es porque no existen dentro del lunfardo ni pronombres ni preposiciones ni conjunciones, porque prácticamente carece también de adverbios y porque –esto es lo fundamental– el lunfardo utiliza los mecanismos morfológicos del español para la conjugación de verbos y la flexión de sustantivos y adjetivos y se sirve de la misma sintaxis castellana que estudiamos en la escuela. Por más que se haya extendido la expresión “hablar en lunfardo”, es claro que lo más que uno podría es, en todo caso, “hablar con lunfardo”.
Tampoco es un dialecto, porque un dialecto es una variedad regional de una lengua. Evidentemente existe un dialecto rioplatense o porteño de la lengua española, pero eso implica la confluencia de distintos elementos además de aquellos que pertenecen al campo lexical: una fonética determinada –un modo particular de pronunciar la ese, la ce, la ye, etc.–, la existencia de pronombres alternativos de segunda persona (“vos” y “ustedes”), que son distintos de los pronombres del español estándar (“tú” y “vosotros”), la consiguiente concordancia verbal con estos pronombres –“vos podés” y no “vos puedes”; “ustedes saben” y no “ustedes sabéis”–. Claro que también un dialecto se reconoce por sus vocablos y, en todo caso, podría decirse que el lunfardo es un elemento más dentro de todos los que caracterizan a este dialecto de Buenos Aires. Pero en el plano léxico hay además otras cuestiones a tener en cuenta que no tienen nada que ver con el lunfardo. Los hablantes de un dialecto seleccionan, de todos los lexemas que integran la lengua, algunos que no son los mismos que eligen los hablantes de esa misma lengua en otros sitios. Por ejemplo, un hablante del dialecto rioplatense llama “frutilla” a lo que un hablante del español peninsular llama “fresa”, o “subterráneo” a lo que el segundo llama “metro”.
Oscar Conde
Nota de Sentir Tango: Hemos separado el texto en dos partes. La segunda parte la podés leer aquí, pero antes te animamos a que leas los comentarios de usuarios, y a que dejes el tuyo si lo deseas.