Si observamos el caso Gardel, tan singular en tantos aspectos, nos queda la impresión de que la gente, el público, espera siempre algo más. Parece que siempre falta una última revelación que explique en su totalidad al personaje, pero como esos juegos de manos que los prestidigitadores ejecutan ante nuestras narices una y otra vez, y una y otra vez nos parece que ahora sí tenemos el secreto este se desvanece cuando estamos por descubrirlo.
¿Por qué en ningún otro artista de su tiempo, ni de éste, agregaría, se da este fenómeno? ¿Por qué repito, y poniendo por caso a Corsini, a Magaldi, a Alberto Castillo, a Hugo del Carril o a tantos otros que tuvieron inmensa y dilatada popularidad, no se les pide a ellos ni a sus seguidores explicar nada, ni siquiera interesa cualquier “misterio” (uno de los nombres del olvido, según Borges) que pudieran haber tenido?.
La prueba es que no hay -o al menos no conozco- coleccionistas de ninguno de estos intérpretes y si existiera no hay un mercado comercial para los recuerdos de estas importantes figuras, justa o injustamente. Estoy en contacto permanente con coleccionistas de discos, de fotos, de objetos, de documentos. Todo gira alrededor de Gardel. Lo demás -salvo discografía- interesa poco o nada.
Podríamos aventurar que tal vez se genere una identificación del cantor con sus personajes. La indiscutible autoridad de Gardel al entonar esos tangos de malevos, de compadres que cuentan sus historias acodados en un estaño de extramuros, y de duelos en oscuros callejones hace que creamos absolutamente todo lo que nos cuenta, una y mil veces. Juraríamos que ha sido testigo, o protagonista de todos sus relatos y más aún, que su confidencia es estrictamente personal y cuantas veces escuchemos el disco nos sonará distinta, como una charla espontánea y única. De alguna manera también podríamos decir que Gardel es la voz del arrabal, porque, ciertamente, lo vivió y sus personajes constituían en parte, y legítimamente, también su mundo. Desde luego, que ese arrabal no debe haber sido como la Tierra del Fuego del Palermo borgeano, pero cierto o no, el arrabal de la literatura tanguera y del sainete es ya por siempre así, ya que así lo requiere la leyenda. Ninguno de sus colegas de ese tiempo pudo haber asumido esa personificación con verosimilitud. Alguno más adelante intentó el recurso de las voces “recias”, que se agotaron en un fatigoso machismo.
Pero no sólo la voz del arrabal, ya que asume también por entero otras dimensiones de la vida porteña, y así aparecen con igual verismo el
timbero, el calavera del cabaret que aconseja paternalmente a las muchachas del ambiente con las que, presumiblemente, debe tener también, ocasionalmente, otra clase de trato; el observador ácido y escéptico, el que para en cualquier café de recalada a dialogar con algún parroquiano y hacerlo confidente de tremendos sucesos pasionales, el canchero que las ve venir de lejos y no lo sorprende la
falluteada final, y es también el testigo melancólico del drama de obreritas enfermas y de madres sufrientes.
Gardel asume, por fin, la totalidad de la comedia humana de Buenos Aires. No es posible que sea solamente un cantor, debe haber algo más, intuye la gente. Algo así como un personaje fantástico, que, además, cantaba. De ahí que sea fácil para el sensacionalismo inventar a cada rato tal o cual leyenda, y apelar continuamente al “mito” para encubrir cualquier patraña. El público está predispuesto a aceptar de antemano cualquier novela, siempre que el héroe sea Gardel. Y quizás, también, el antihéroe.
Súmense las películas. Las escenas de “Melodía de Arrabal” o “ Cuesta abajo” tienen el sello, el aura indefinible de ese mundo, más allá que los actores sean andaluces o centroamericanos o que las escenas sucedan en “cafetines marselleses” como reprochaba Manzi. Todo transcurría en ese medio en que la gente del “ambiente” andaba
"calzada", como la cosa más natural del mundo, y las cuestiones de honor se dirimían cuerpo a cuerpo, sin tantas palabras. Se palpita en las películas de Gardel ese algo indeterminado, que sólo puede definirse por ausencia. Así, los diálogos de ciertos pasajes quedaron en la memoria colectiva, y se repiten como refranes, muchas veces alcanzando la consagración del anonimato.
La extenuante atribución de nuevas historias a Gardel, el descubrimiento cotidiano de datos, contribuye también a crear una imagen inconclusa, en la que siempre lo mejor está por venir, o como se decía en los viejos cines continuados: “El espectáculo comienza cuando Ud. llega”. Así, entonces, la vida de Gardel no ha concluido, y su sobrevida colosal se expande como los agujeros negros interestelares, actuando el paso de los años y las décadas como detonador de un fenómeno sin paralelo: su imagen se agranda inversamente al tiempo transcurrido.
Enrique Espina Rawson
Extraído de “Disparen sobre Gardel – Toda la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad” – Editions de la Rue du Canon d’Arcole, 2006.
Nota de Sentir Tango: Hemos separado el texto en dos partes. La segunda parte la podés leer aquí