Al bardo milonguero no lo convencen fácil de que, más allá de lo que considera su destino, sea posible modificar las condiciones de su transitar. Sin embargo, opera permanentes transformaciones que aluden a una primera que tal vez haya sido, y sea todo el tiempo, el origen mismo del Tango. Permanece la angustia de haber decidido quedarse aquí lejos del paese, quedarse aquí aunque el rechazo, quedarse aquí aunque los sueños. Ese quedarse activo y sereno, intenso y mordido para que calle su gemir cantado. Alquimista mistongo, el bardo tanguero fragua la unión entre culturas, ideas, costumbres, anhelos, pero late en su espíritu la certeza de que todo lo que vive es transitorio. El tanguero vive una permanente transición, vive de paso, transformado. Contradice su afán conservador esa alma en cambio. La existencia, así vivida, es un bardo. Según la lunfardía, esa voz remite tanto a la condición del poeta como al caos, que puede anteceder a un orden exquisito, elementos fundamentales para la generación del arte. Yendo más allá en las acepciones, también encontramos que, para el budismo, bardo se refiere a cualquier "estado intermedio", especialmente aquel que sigue a la muerte y antecede a una próxima reencarnación. Como si hubiera surgido de Discépolo, el Harry Haller de El lobo estepario describía uno de los estados de su angustia como “autoencarnación”. Ferrer nos muestra ese tránsito y sus humores especialmente en la “Balada para mi muerte” y en la “Balada para el año 3001”. En la esencia del Tango, el cambio es vital. Para llevar a cabo esa transformación, el tanguero asume su bardo, su estado entre universos; sus entretiempos; su soledad entre un romance y otro; su cavilar entre el niño y el anciano, entre el dolor y la alegría, entre lo real y lo ficticio. En una pirueta dialéctica, sabe que todo es mentira si nada es amor. En el fondo hay una fe, persiste el deseo aún cuando el mundo intenta arrebatárselo. Fatalista por momentos, vive sus dolores plenamente en una catarsis que lo aligera para seguir andando; haciendo, en cada corte, más bellas las figuras de su danza, más profundas y originales. De ahí, tal vez, es que se dice que el Tango llega a uno con el tiempo, el tiempo de la vida y de la muerte, el de “aprendí viendo trampearme”. Hoy el Tango experimenta la paradoja de “autoencarnarse” en artistas jóvenes que prefieren abrevar en un estilo conservador más acorde a los designios del mercado o que, desde otra lectura, buscan en el pasado la autenticidad de nuestro arte creyendo, tal vez, que el origen tiene más que ver con la cronología que con la generación siempre actual de su lenguaje. Los transformadores como Gardel, Salgán, Pugliese, Troilo, Piazzollla, Ferrer, Expósito, por nombrar sólo algunos, han tenido que hurgar en el origen profundo del Tango para llevar a cabo su obra. Ellos expresaron su bardo tanguero, su transición entre una vida y otra, arrojados hacia delante, provocando nuevas lecturas acerca de toda la Tanguidad. Por suerte, en este mundo en el que se considera que el Tango es éxito porque los europeos ganan dinero con él, sigue la voz de Discépolo en su bardo diciendo, a nuestros oídos de poetas: “yo, tan chiquito y desnudo, lo mismo te ayudo cerquita de Dios”.
Fabián Russo.