Después vinieron los “herederos”. Las revistas, ya dije, hacían concursos para tratar de encontrar -sin éxito hasta ahora- al sucesor de Gardel. Los primeros fueron los imitadores, que no sólo intentaban con candorosa inocencia remedar el canto y el repertorio, incluyendo los cambios de enes por eres; sino tambien el peinado y hasta procuraban que sus seudónimos terminaran en e o en el, por ejemplo Armando Barbé.
Luego llegaron las otras voces. Las melifluas, como con rositas rococó; las barrocas; las permanentemente quejosas; las inexpresivas; las exageradamente expresivas; otras con rebusques kisch que adornaban cada sílaba con un moñito de plástico; las “recias” con sugestiones y gestualidad de gente de los servicios parapoliciales; las que separan las frases y las sílabas de forma arbitraria; las que se van del tiempo haciendo de cada tango una salmodia interminable; los cantores confidenciales de voces susurrantes; los que desbordaban todo el tiempo; y que sé yo cuantos más. Pasaron y pasarán. Pero, otros quedaron. Entre las voces que más aprecio, nombro aquí a Angelito Vargas, a Fiorentino, a Raúl Berón, a Carlos Dante, a Alberto Marino, a Ricardo Ruiz, a Edmundo Rivero, a Oscar Serpa, a Alberto Castillo, a Carlos Roldán, a Enrique Campos, y a unos cuantos más que se me escapan; cada uno en su estilo y en su época, ya que hubo quienes lamentablemente prolongaron sus carreras más allá de lo aconsejable.
Y así hasta llegar al día de hoy, en que muchas veces pareciera que para triunfar en el canto, la condición imprescindible consiste, precisamente, en no saber cantar.
Renglón aparte para Roberto Goyeneche. Un estilo de ecos gardelianos en su esencia, pero absolutamente personal. Muchos de los que no advirtieron a tiempo sus aciertos, terminaron festejando sus excesos. Hablo del mejor Goyeneche: el de Salgán, el de Troilo y el de sus primeras épocas de solista. He oído decir que “es mejor que Gardel”. No me molesta, pero, objetivamente hablando, no es así. Tampoco es peor. Lo que ambos hicieron es inmejorable. Nadie podría haber hecho más. Lo que sucede es que no pueden compararse por múltiples motivos. La primera y archiconocida razón es que son otra cosa. Fueron distintas épocas, distinta disponibilidad de repertorios y de elementos técnicos, distintos requerimientos del público. La mayoría de los tangos que cantó Gardel sólo eran posibles en ese tiempo, y ya habían desaparecido de su repertorio; y los otros aún no habían llegado. Pero eso sí: Gardel no necesitó de nadie para crearse a sí mismo. No existió, antes que él, la especie “cantor de tangos”. Él la inicia y la agota, sin modelos previos ni espejos en que mirarse. Y la existencia de Goyeneche supone, inevitablemente, la previa existencia de Gardel.
Goyeneche, como todos, escuchó y asimiló durante casi cincuenta años a Gardel, en cantidad de composiciones que Gardel sólo cantó una vez para dejar grabado un disco, y que no escuchó a nadie. ¿Se entiende? Por otra parte, son distintas épocas de las técnicas de grabación. Gardel no podía estirar ninguna composición más allá del tiempo máximo de los discos de 78 rpm que no pasaban de los 2 minutos y 50 segundos (sin considerar calidades sonoras ni acompañamientos distintos), que eran los únicos que se conocían en ese tiempo; así es que todas sus interpretaciones tienen un compás riguroso, metronómico. Goyeneche, por su parte, estiraba la pieza cuando lo creía conveniente, sin limitaciones, logrando así una mayor libertad para enfatizar lo que le parecía. Las grabaciones con bocina o con un sólo micrófono como todas las de Gardel no tienen nada que ver -pero nada- con las actuales. Hoy hay mucho proceso de laboratorio, y hasta cuando no se afina bien (para nada es el caso de Goyeneche, aclaro)se lleva la nota electrónicamente a la vibración correcta. Se saca y se pone lo que se quiere; se masteriza, se ecualiza, en fin: abismos de diferencia. No olvidemos, por otra parte, que el Polaco logra sus mejores éxitos con piezas posteriores a Gardel, como Malena, Desencuentro, Afiches, La última curda y otras que todos recordamos y escuchamos con unción y en las que logra su mejor calidad expresiva. Pero a todas estas piezas las podríamos catalogar como dramáticas. Goyeneche manejaba admirablemente bien estos temas de escepticismo, de desgarramientos, de amarguras... Creo que no hubiera podido abordar convincentemente piezas como Che, Bartolo, El que atrasó el reloj, Haragán o Padrino pelao. Pero habría que cotejar temas comunes en ambos, a ver qué pasa. Aclarando que, aunque sinceramente no lo veo al Polaco cantando, por ejemplo, piezas como Mi Buenos Aires querido, Para quererte nací, Rubias de New York ni menos aún Los ojos de mi moza, yo me quedo con los dos, quedándole a Gardel; además de la paridad amistosa, la supremacía del precursor.
Enrique Espina Rawson.
(Extraído de “Disparen sobre Gardel”, Editions de la Rue du Canon d’Arcole, 2006)