(Nota: Si todavía no lo hiciste, te recomendamos leer antes la primera y la segunda parte de este artículo y continuar después con esta tercera y última parte.)
Así como el tango no fue una creación de marginales, a pesar de lo que se ha dicho tantas veces, tampoco lo fue en mi opinión el lunfardo. Aunque, es justo decirlo, sin ser una creación de marginales, el lunfardo es desde el punto de vista lingüístico, un habla marginal, en el sentido de que, término por término, se opone a la lengua estandarizada.
Así otario se opone a cándido, morfar a comer, funyi a sombrero, y lo mismo ocurre con las expresiones: tirar el carro se opone a explotar prostitutas, estar al palo se opone a tener una erección, tener calle a ser experimentado, etc.
Sinceramente pienso que no tiene nada de malo que el lunfardo haya sido desde sus comienzos una porción importante e insoslayable del habla del pueblo de Buenos Aires. Sin embargo, hay quienes no quieren o no pueden apartarse de la idea del lunfardo como jerga ladronil, quizá con la intención de dejar a salvo “el buen nombre y honor” de ese pueblo. En esta línea de pensamiento parece insertarse José Edmundo Clemente, que en su artículo “El idioma de Buenos Aires” señala compulsivamente: “el lunfardo, llamado policialmente lenguaje canero, es una modalidad aparte dentro del vocabulario popular”.
Ninguna modalidad aparte, en mi opinión. Pero la perspectiva de Clemente halló eco en otros estudiosos (López Peña o, con matices, Beatriz Fontanella de Weimberg y Susana Martorell), quienes han seguido sosteniendo el carácter delictivo originario del lunfardo. Y se basan en documentos absolutamente parciales, como los escritos de Benigno Lugones o de Antonio Dellepiane, que no eran lingüistas –y, nobleza obliga, creo que no pretendían serlo tampoco– sino funcionario policial el primero y criminalista el segundo. Sin embargo, no está de más recordar que esta confusión que ellos tuvieron se ha dado con algunas otras hablas populares del mundo, identificadas en su origen –a veces con razón (como es el caso del argot francés) y otras sin ella– con el mundo de la delincuencia.
Para concluir y llegar por fin a lo prometido: el uso del léxico lunfardo nos da a los porteños –y casi podríamos decir ya, a los argentinos– un sentido de pertenencia, y hace posible que entremos en confianza con nuestros interlocutores y hasta que nos sintamos un poco cómplices de ellos. Permítanme ensayar una definición propia de lunfardo: es un repertorio léxico integrado por voces y expresiones de diverso origen utilizados en alternancia con las del español estándar y difundido transversalmente en todas las capas sociales de la Argentina. Este vocabulario, originalmente compuesto por muchos términos inmigrados, fue usado inicialmente por el hablante del Río de la Plata(1), pero fue extendiéndose después a todo el país. Hasta hace pocos años yo añadía a mi caracterización que estos vocablos y expresiones –salvo excepciones históricas, como otario, pibe o compadrito– no se encontraban registrados en los diccionarios de español corrientes. Ya no es tan así. El diccionario de la Real Academia ha introducido en su última edición varias decenas de términos del lunfardo actual, como berreta, falopa, desbole, grasa, tortillera o ñoqui. Sin embargo, la inclusión de estos en el diccionario académico en modo alguno puede modificar su innata condición de lunfardismos.
Oscar Conde.
(1)Cuando aludo a la región del Río de la Plata prácticamente incluimos a la provincia de Buenos Aires entera (con las ciudades de Buenos Aires y La Plata con sus respectivas zonas de influencia), el sur de Entre Ríos y Santa Fe (con la ciudad de Rosario) y la zona urbana del Uruguay (con la ciudad de Montevideo).