en respuesta a la suya, publicada con anterioridad. Si todavía no la leiste, te recomendamos que lo hagas antes cliqueando
Gentil caballero:
¡Qué placer leer su carta! Abrir sus mensajes es siempre una invitación impostergable, sobre todo cuando en su lectura anidan las sutiles evocaciones de las nomeolvides, los recuerdos maternos y las miradas indiscretas. ¿Quién podría sustraerse de semejante aventura donde las palabras son capaces de traer al presente la calidez de un niño, el perfume y el color de las flores cuyo nombre más que un nombre es un pedido? ¿Qué decir de sus tímidas indiscreciones?
No sabía que su mamá era una renombrada modista y que usted “inspeccionaba” sin ser visto, no sé si tan inocentemente como se excusa, a las señoras que se probaban los vestidos. Imagino y alcanzo a vislumbrar el brillo de unos ojos infantiles asombrados frente a los encantos femeninos; hasta creo escuchar los latidos de su corazón ingenuo ante el posible descubrimiento de su arriesgada conducta, atrevimientos de varón que todo joven, sin siquiera saberlo, acepta y toma.
Creo descubrir en la mirada del hombre de hoy, el brillo de aquellos ojos llenos de emoción y asombro propios de la infancia perdida; tal vez por eso acepto los cumplidos –desmedidos- que ha expresado acerca de mi elegancia. Como en ese lejano juego de espejos, ¿seremos nosotros dos personas en distinta perspectiva que como en aquellos espionajes infantiles señalan un observador atento y oculto paralelamente a una observada incauta y distraída? No lo creo, porque cuando usted me mira, lo siento; cada gesto mío, cada movimiento tiene un solo destinatario: aunque tratemos de silenciarlo, nos ofrecemos en un juego de miradas donde no valen ni las inocencias ni los aparentes descuidos.
Por cierto que debemos nuestro encuentro a que fueron nuestras miradas las que se cruzaron cuando comenzaron a sonar los primeros compases de una milonga; quizá por eso estamos atravesados por este código visual que nos hace enardecer y al mismo tiempo refrenar. Y en el preciso momento en que comenzamos a bailar, cuando ya no encuentro sus ojos, yo cierro los míos; parece que no miro cuando en realidad es a partir de esa falsa oscuridad cuando estallan los colores más intensos, las imágenes más delirantes, las cosas nunca vistas –ni sentidas-. Es navegar entre sus brazos lo que me conduce a otro puerto que no es de este mundo.
Sí, yo también sentí una especial comunicación el domingo pasado; son aspectos no del todo racionales o comprensibles que rehuyen a las palabras, es esa zona intangible, generada por la confianza, la entrega y el abrazo, que sólo pueden conocer dos personas que se entienden al bailar un tango. Porque si hay algo insuficiente en las milongas, esas son las palabras: sólo importan los cuerpos. Datos, fechas, filiaciones… no sabemos casi nada uno del otro, pero hemos compartido tantas veces las vibraciones electrizantes de nuestros pechos latiendo al unísono que creo que ya nos conocemos demasiado.
Es probable que el próximo domingo vaya al Tasso, tarde, ya que el calor está haciendo estragos en mi voluntad. Sin que mi pedido le parezca una impertinencia, espero que rechace sus compromisos aunque sea por un rato, para poder encontrarlo en la milonga como siempre, lo necesito.
¿Cree que no se puede repetir la felicidad de esa “delicadeza entrelazada” que nos estremeció en aquella tanda? ¿Tiene miedo de que se rompa el encanto? No se detenga en la primera: la segunda siempre es mejor.
Suya,
B.( con el seudónimo de Estercita Calderón ).
Esta carta fue titulada en el concurso como Siempre en domingo.
Nota: Al no ver seleccionadas sus cartas, Albert y Estercita decidieron, en un guiño de picardía, enviarse dos nuevas cartas comentando el desconsuelo. Si lo desean pueden solicitarselas a Albert que gustoso se las enviará. Pueden enviarle un mensaje privado cliqueando directamente aquí