Querida Graciela. Usted es una flor de milonguera...una flor de las que no crecen en cualquier pradera. Envidio al señor Ventarrón. Espero en algun momento encontrarmela en alguna milonga y poder conocerla personalmente.
Quizás no llegues a leer este comentario... espero que sí.
Eres una notable observadora de la vida milonguera... y tu estilo no sólo es claro y ameno... sino tan encantador como vos.
Un ensayo en el que analizas en forma certera la tradicional y entrañable costumbre del cabeceo, cuyas características, ventajas y desventajas dibujas con trazos precisos y bien fundamentados.
Mi puntuación es la máxima, como corresponde a una escritora y milonguera de tu calibre. Nos seguiremos viendo en cualquier bailongo, o en cada presentación de un libro tuyo, o mío, entre petisos y mariposas (jeje)
Estimada Graciela:
Realmente leyendo tu artículo, valore éste cabezeo, por primera vez en mi tiempo de milonguera. Solo lo tomaba como una antigua costumbre. Pero realmente, de ahora en más, voy a tomar ésta señal, como vos decis, el inicio a esas vacaciones que dura una tanda.
Y haciendo memoria, realmente, es totalmente cierto, tu descripción, de miradas cómplices, cuando se acepta al cabezeo del hombre, o el gran disimulo, cuando notas que él hombre que cabezea no es el bailarin, con quien queres compartir esa tanda.
Lo único que puedo agregar a éste maravilloso artículo, que el cabezeo es otro de los elementos de ese ambiente mágico, que se crea en cada milonga. Esa magia que nos regala el tango, con sus milongueros, milongueras y organizadores.
Y que estoy absolutamente feliz de ser parte de ese mundo, esa magia y ese estilo de vida.
Un besote a todos los locos como yo.
Analia