El cabeceo, ese orgullo de los bailarines de tango. Esa entidad propia, esa seña de algún modo secreta, pero hecha en público. Ese lazo que cruza la pista en forma invisible, o apenas advertida.
El cabeceo, toda una institución. Un monumento tanguero, antiguo como una reliquia, pero vigente y útil en la actualidad.
Hay quienes dicen que es anacrónico, algo perimido que debe dar paso a formas más modernas de relación entre hombres y mujeres que bailan tango.
Y es verdad que en algunas milongas más juveniles o informales, ya existe ese cambio, porque desde aquellas épocas todo ha cambiado en la vida cotidiana.
Pero el tango es un arte y un juego que tal vez nos gusta, porque escapa a lo cotidiano, a la vida común que llevamos día a día. Y hay juegos, en los que nadie piensa en cambiar las reglas. Cada cual se adapta con su estilo, a las normas preexistentes. Todos sabemos que el quiere jugar al ajedrez, por ejemplo, debe aprender sus normas y seguirlas.
Dicen que el cabeceo es antiguo, porque afirma más los derechos del hombre, ya que es el único que puede hacer esa bendita seña de invitación. El único que puede “cabecear” a una mujer desde lejos. Ella debe limitarse a esperar que la inviten. Tal vez haya sido así antiguamente. Pero hoy, podemos adaptar la misma pauta a nuestro estilo actual.
Una mujer puede en principio rechazar las invitaciones que no le interesan, con el solo método de mirar, “barriendo” la zona sin detenerse en la cara del que la invitó.
Eso es lo clásico. Pero también puede jugar muy activamente, eligiendo con la mirada al varón que le gusta para bailar. Es un arte, sin duda, que algunas eximias practican con delectación, mientras otras, más nuevas o tímidas no logran disfrutar demasiado.
Pero nadie podrá negar que se trata de un arte, un modo sabio de hacer algo, una habilidad exquisita, renovada cada vez, en cada vuelta.
Todos podemos ver gran parte del juego desde nuestras mesas, y así, cuando comienza una nueva tanda, veo que un señor que cabeceó sin éxito a una rubia, gira rápidamente su cabeza hacia mí. Tengo una sensación de “segunda” en su elección y mi primer reacción es ofenderme.
Después me río y acepto, acordándome de las veces que hice lo mismo, y pacientemente alguien esperó, hasta que yo accediera a su invitación.
Si él baila bien, admitir un convite de segunda (o tercera) vale la pena. Tal vez descubra que es bueno tenerme en cuenta ANTES. Tal vez no. Correr ese albur es parte del juego.
¿Es mejor que un hombre venga hasta nuestra mesa a invitarnos? ¿O deberíamos ir nosotras? Hoy en día hay lugares donde se propone un tiempo para que las mujeres inviten activamente a bailar. Esto permite que ellos cuenten con el mismo derecho a negarse o aceptar una invitación. Y sobre todo, permite que cada cual pueda ponerse un poco en el lugar del otro.
¿Es anacrónico o conveniente conservar la tradición del cabeceo?
Todas las opiniones parecen encerrar pequeños trocitos de verdad. Y además, yo misma varío de opinión algunas veces. Es que el criterio cambia según nos convenga o no, simplemente.
Supongamos que estoy en la milonga y viene hasta mi mesa el mejor bailarín, ese con el que siempre quise bailar. Ahora está delante mío ¿Le digo que no para mantener mis férreos principios? No creo. Más bien acepto con gusto.
Segunda suposición. Viene un amigo muy querido. En el lugar aun no lo conocen, y me pide que baile con él “de onda” para que las demás mujeres lo vean bailar, y luego acepten sus invitaciones. Aquí ni cuadra la pregunta. Bailo sin dudar.
Tercera y más complicada: El que llega es un hombre con quien no quiero bailar. En este caso me incomoda muchísimo, porque me resulta imposible negarme. Lo considero un buen tipo y si no acepto me parece un rechazo ofensivo. No logro tener el valor para decir NO, como he visto muy admirada que hacen otras mujeres.
Entonces me veo forzada a salir a bailar, y como ya no se trata de mi propio deseo, lo hago sin ganas. Es una tanda estúpida y sin gracia, que bailo por obligación, insultándome por dentro, llamándome cobarde, y dirigiéndome todo tipo de improperios.
El cuarto es un caso todavía más difícil. Es cuando viene a nuestra mesa un hombre al que ya le hicimos saber de muchas y sutiles maneras que no queremos bailar con él. Son casos muy raros, pero sucede. Es verdad que a todos nos duele que alguien no quiera bailar con nosotros. Es natural y lo llamamos “orgullo herido”. Pero en general aceptamos que no se le puede gustar a todo el mundo y listo.
Sin embargo hay un tipo especial de varón (insisto, solo una pequeñísima minoría) que no tolera ni acepta la idea de que una mujer no quiera bailar con él. Se considera infalible y gran bailarín. Entonces va hasta la mesa de una mujer porque ella no ha aceptado sus invitaciones a distancia. En este último caso, francamente no cabe duda, hay que decir que no. Porque ese gesto de invitación tiene algo de forzado e imperativo.
Y ese algo forzado es completamente distinto al encanto de la seña compartida.
Porque el cabeceo es algo acordado por ambas partes. Es un pacto, un convenio de miradas, de sonrisas, de expectativa construida tal vez a través de mucho tiempo, a veces años.
Hay gente que pasa años mirando a alguien, reconociendo esa cara semana tras semana en la misma milonga sin que se produzca el milagro.
Tal vez no suceda nunca, pero a veces, ¡Sorpresa! Ese hombre que jamás me miraba, en esa noche especial, me invita con un cabeceo preciso e inequívoco.
Ahí se produce el encuentro esperado, y no hay dudas, bailaremos el mejor de los tangos. Voy a sentir que todo es lindo a mi alrededor, que por suerte existe el cabeceo, que alguien genial lo debe haber inventado hace mucho, muchísimo tiempo.
No hay nada comparable a esa expectativa, ese momento mágico en el que la pista está completamente vacía y la música marca el comienzo de una nueva tanda.
Es como la esperanza de las vacaciones o del fin de semana, con su camino por delante, su deseo sin cumplir todavía. Es como barajar y dar de nuevo, como cuando éramos chicos y empezábamos otro cuaderno, prolijos y con linda letra.
Igual que cuando se juega al truco, en la milonga hay guiños y señas que otros no ven, habilidad para intentar descubrirlas, buen humor y cartas ganadoras. También mentiras salvadoras y sobre todo clima de diversión y anhelo. Clima de suspenso, donde aun no se dirime si nos va a ir bien o no. Clima de “todo puede ser”, de arrogancia y audacia.
El cabeceo, toda una institución. Ojalá podamos conservarlo siempre y seguir jugando.
Graciela H. Lopez
(Publicado en su dia en la revista La Porteña)
Hay un tema abierto a discusión en el foro: ¿Debe seguir practicándose el "cabeceo" o no?. Pero antes, si lo deseas, dejá al pie de este artículo tu comentario y valoración mas inmediatos acerca de lo que te haya provocado este.