...Lo cierto es que, si no dispusiésemos de ningún otro testimonio antiguo con relación al lunfardo, tal vez deberíamos aceptar la teoría de su génesis como léxico de la delincuencia. Pero sucede que sí lo tenemos.
El 1º de febrero de 1887 apareció en el diario La Nación un suelto que carecía de firma, cuyo título era “Caló Porteño (Callejeando)”. Con el tiempo Luis Soler Cañas llegó a establecer que su autor fue Juan S. Piaggio. ¿Qué clase de texto era este? Un cuadro de costumbres, donde se describe una noche en el arrabal porteño en la que, con la música de fondo de un organito, dos jóvenes compadritos mantienen un diálogo en el cual resaltan muchas de las palabras consignadas por Lugones y Dellepiane y adjudicadas por ellos a gente de mal vivir, es decir, a lunfardos. Sin embargo, Piaggio deja completamente en claro que sus personajes no son delincuentes, cuando uno de ellos afirma: “Nunca me he querido ensuciar para darme corte: me llamarán güífaro; pero lunfardo nunca”, y el otro le responde: “Bien hecho, compadre. Eso de refalar la mano tampoco nunca me ha gustao: siempre se lo he dicho a la mina: prefiero comer tierra antes que me llamen raspa”.
Cito a continuación algunos de los términos o frases utilizados por estos personajes de Piaggio, muchos de los cuales siguen teniendo hoy completa vigencia: atorrar (dormir), batuque (diversión), bobo (reloj), bulevú con soda (exceso de comedimiento), bullón (comida), corte (figura coreográfica del tango), chafe (agente policial), chucho (miedo), darse corte (hacer alarde de ostentación), dejar tecliando (propinar una golpiza), embrocar (mirar), encanamiento (acción de apresar), ensuciarse (robar), escarpiante (calzado), escabio (borracho), falluto (falso), farra (diversión), firulete (adorno), de mi flor (excelente), a la giurda (excelente), grébano y güífaro (italiano), jailaife(petimetre), lengo (pañuelo), levantar (seducir –a una mujer–), lunfardo (ladrón), marrusa (golpiza), mina (mujer), mishote (pobre), morfis (comida), paica (querida del compadrito), parada (simulación), pesao (hombre pendenciero y atrevido), raspa (ladrón), refalar la mano (robar), seneisi (genoveses), tano (napolitano), tocar espiante (irse), trambay (tranvía), vento (dinero), viaba (golpiza).
Un rápido repaso de las líneas precedentes revela que estos términos no eran para nada exclusivos del mundo de la delincuencia, sino que eran usados en general por los jóvenes de las clases sociales más humildes. La existencia de estas líneas escritas por Piaggio –y en esto coincido con José Gobello, la mayor autoridad mundial en materia de lunfardo– son ciertamente clarificadoras. Con este testimonio se revela que aquello que Lugones, Drago y Dellepiane habían tomado, por deformación profesional, como una jerga exclusiva de ladrones e ignorada o desconocida por el resto de la sociedad, era en rigor un conjunto de palabras y expresiones utilizados por el populus minutus, esto es, por la clase baja porteña, dentro de la cual naturalmente debe incluirse a los delincuentes. En tanto que los primeros –Lugones como policía, Drago y Dellepiane como criminalistas– habían oído, por su parte, estas palabras de boca de ladrones arrestados y al creer que constituían un lenguaje especial de los lunfardos llamaron con este mismo término (lunfardo) a esos vocablos, Piaggio, que era periodista y tenía el oído entrenado para la calle, supo, por su lado, comprender que se trataba de un repertorio léxico popular y no era en absoluto un tecnolecto.
Oscar Conde.
Nota: Esta es la segunda parte de un artículo que hemos dividido en tres partes. La tercera y última parte la podés leer aquí