Desde que recuerdo mi padre fue siempre un hombre grande. Ya antes de los treinta años, dicen, peinaba canas. Era veinte años mayor que mi mamá y tal vez por eso, tenía una serenidad que daba placer. Mi madre, en cambio, era la que gritaba, la que nos ponía los puntos y por que no decirlo, la que nos daba alguna que otra cachetada a tiempo. ¡Éramos cinco…pobre vieja!
El nunca nos levanto la mano ni la voz, no hacia falta. Jamás lo escuche criticar a nadie. Era un hombre muy sabio.
Todos los viernes, se reunía con sus amigos en mi casa de la calle Araujo y amasaba. Yo nunca volví a comer pizzas tan ricas como las que él hacia. A mamá le salen bien, y nosotros le decimos que están bárbaras, ¡pero pizzas! Eran las que hacia mi papá.
Todo era como una ceremonia que comenzaba cuando volvía a las cuatro de la tarde del taller y se ponía amasar. Mis hermanas y yo no nos pelábamos por ayudarlo porque él nos hacia lugar a todas. Así fuimos creciendo. Cuatro mujeres, las pizzas de los viernes y algún tango, generalmente de Troilo, sonando de fondo en la cocina, como acompañando aquel momento inolvidable para mí; yo pelaba cebollas; (de ahí debo ser tan llorona), mi hermana mayor picaba ajo y perejil, (porque a ella la dejaban usar cuchillo), y a las mas chicas les daba un bollito de masa para que jueguen como si fuese plastilina que después el cocinaba y ellas le regalaban como una ofrenda que por supuesto, él, contento aceptaba y comía, sin pensar en que se les había caído al piso por lo menos diez veces….¡Lo que hace un padre!.
No hacia diferencia con ninguna pero siempre supe que fui su preferida, tal vez porque a los dos nos gustaba el tango, tal vez porque siempre fui la menos rebelde, la que no peleaba ni me defendía, la que lloraba desde la escalera cuando él se iba a trabajar (como si se fuese a la guerra) y también la que me agarraba fuerte de su mano en el aula de primer grado, hasta que por fin decidía que era hora de quedarme sola en un mundo misterioso y gigante, aunque necesario para mi, como el de la escuela de la calle Homero.
Creo que he compartido mas cosas con mi padre que con mi madre, y el tango fue una de esas cosas.
Recuerdo con ternura esos viernes que venían sus amigos de siempre: “Luisito milonga” con impecable traje gris y unos zapatos de charol que te hacían reflejar la cara de tanto brillo(Decía que los limpiaba con manteca…a mamá mucho no le gustaba porque mas de una vez quisimos lograr aquel brillo en nuestras guillerminas escolares haciéndole un enchastre bárbaro, arruinándole el pan de manteca, además de engrasar todos los zapatos). Hablaba del tango y del baile- siendo mas grande - me di cuenta que después de las pizzas de papá se iba a la milonga,… mi mente infantil no entendía en ese entonces ¿porque tenía que venir a casa vestido de traje?. También venia Joaquín que era medio sordo y que siempre pedía que suban el volumen del tocadiscos, que ya no daba mas, y con mis hermanas nos reíamos porque no escuchábamos ni nuestras propias voces, pero papá era incapaz de hacerlo sentir mal diciéndole que estábamos todos hablando a los gritos… Estaba también Osvaldo que siempre tenía caramelos en los bolsillos, después se fue a vivir a Mar del Plata, pero en cada viaje que hacía no podía faltar a la cita. Tres amigos siempre fuimos…
Todos estos recuerdos de mi infancia estuvieron marcados por un tango. Osvaldo decía: ¿Cómo puede ser que a esta Margarita le guste tanto el tango che? (No sé porque extraña razón, a todas nos llamaba así).
A mi papá se le llenaba el pecho de emoción cuando les contaba que “la Turca” como me decía, había cantado el “Trompo azul” en la escuela, (lo contaba casi todos los viernes). A veces pienso que sentirá ahora que no esta, cuando me escucha jugar con algunos acordes de mi bandoneón.
Los sábados, me despertaba con un mate y el disco “Cuando tallan los recuerdos”. Me sabía todos los temas de memoria sin proponérmelo. ¡Que increíble! A mí me costaba mucho aprender una poesía, y hoy siento que las poesías son como tangos callados. Ya en mi adolescencia era yo quien ponía los tangos y a él se le llenaban los ojos de lágrimas.
Como es que nos pueden marcan algunas cosas de manera tan distinta.
Mis hermanas por ejemplo, recuerdan aquellos viernes, pero no recuerdan la magia del tango alrededor de la cocina. Mi mamá recuerda que era el día en que no tenía que pensar en la cena. Mi hermano, el único varón, ni siquiera participaba. Ni recuerda. Todos fuimos criados por igual, y todos tenemos una imagen diferente de la misma etapa de la infancia.
A mí esa ceremonia que duro gran parte de mi vida, me enseño a cuidar a querer y a respetar a mis amigos. A compartir con mis hermanos todos los momentos de la vida, ayudándonos. A cuidar a mi madre y hacerla descansar un poco, (porque ese día también poníamos la mesa y lavábamos los platos). Le damos a mamá un día de Reina- nos decía- porque nosotras éramos sus princesas.
Mi papá me dejo la fortuna de su propio ejemplo de serenidad, sabiduría y amor, además de la pasión por el tango.
Y me dio como regalo su último latido. Cuando estaba a punto de partir, yo tenía mis manos en su pecho y sentí cuando el músculo de su corazón se contrajo bruscamente y se detuvo para siempre. Fue la última nota musical que compartimos.
Yo extraño aquellos viernes.
Laura Gil.