Necesitamos de la presencia de un otro para calmarnos. Saber que tengo a alguien a mi lado en el cual poder fiar, el cual me pueda sostener y contener, produce en mí, paz. Pero para ello debe haber entrega y confianza mutua. Es importante reconocer que estos roles pueden ser intercambiables y que, a su vez, uno pueda sentirse contenido y contenedor; es fundamental ser sostenido como saber que soy capaz de soportar al otro.
En la danza del tango tenemos la posibilidad -ya desde la postura del abrazo- de observar estos fenómenos. En una pareja de tango, lo que registramos a primera vista es esta relación continente-contenido. El descubrir al otro en el baile es descubrirse a uno mismo, procurando una vía hacia nuestra identidad. Esta interacción en pleno contacto con el otro genera y dispara el proceso de identificación, en principio, común, con lo propio del género. Así por ejemplo el hombre (o el que lleva el rol activo) va a asumir su rol “conductor” como tal, rescatando su propia virilidad. Por su lado, la mujer va a desplegar lo suyo: la receptividad y sensualidad, pero a su vez, sin dejar su papel de “comandada-comandante”.
En lo que hace a lo singular, percatamos que este interjuego induce el camino hacia una respuesta que tiene que ver con lo personal. En tanto que somos guiados por nuestra constitución subjetiva en donde se unen la historia generacional con la propia, el pasado con el presente: el tango es historia y actualidad. En sí este intercambio es movilizante a su vez que enriquecedor, su reciprocidad cíclica funciona como generador. Esto que se produce en la pareja es único e irrepetible.
Este encuentro nos remite aunque sea por unos instantes a imaginar sentirnos entendidos y sostenidos como cuando éramos bebés y había un otro que acudía a nuestro encuentro. En esos primeros momentos del recién nacido se observa el ensamble íntegro de la díada (madre-bebé), la cual se asemeja a la sincronía fusiva del acople en la pareja de tango.
Detrás de toda angustia hay un vacío, una falta que nos remite a nuestra desolación inicial (al ser separados de nuestra madre). Lo que muchas veces vivenciamos en la pareja de baile es esta vuelta a la indiferenciación, dos cuerpos siendo uno, es la vuelta al útero o a esos primeros momentos de unión, con toda su implicancia riesgosa. Los estados de “completud” y “magia” que nos provee el baile hacen que queramos ir a buscar esta situación una y otra vez, generándonos el círculo de retorno hacia él. En combinación con la cotidianeidad la danza nos permite resignificar constantemente la insatisfacción o frustración de la vida, acrecentando la tolerancia hacia ello. El saber que se pueda volver al encuentro de estas sensaciones o momentos placenteros nos permite postergar en calma aquel inefable encuentro originario.
Ignacio Lavalle.