Nos proponemos el Tango como el inevitable sendero por donde nuestros pasos dibujan algún síntoma de sensibilidad. Pasos que ya no encajan en la huella que andariegos tempranos fueron dejando. Pasos que buscan, tanteo en la llovizna, captar el latido que bombea la sangre del Tango. Punta, suela, taco. Nos proponemos el Tango habiendo caminado ya algunas cuadras en el barrio universal del arte, lo buscamos en bares noctámbulos y milongas populares con un ansia que nos trafica lo que queremos para dejarnos desconsolados, abrazados al hastío. Eso que falta es tanguidad. Algunos se ponen el falso funyi, otros ensayan muecas dolientes al cantar, hay quien decide la pollera negra de raso atorrantita, los que tocan piazzolanías sin haber escuchado nunca el Tango en Astor. Tal vez sea el ansia lo que les hace creer que eso es tanguidad. Pero no seducen con sus tangos de artificio. La mayoría, aunque duela, son jóvenes artistas en busca de un lenguaje que los diga ya que aún no comprendieron que el estilo es uno mismo y que ese lenguaje posible lo llevan puesto o no.
Ya pasamos por ahí. Por suerte, el Tango tarde o temprano te rechaza si intentás manipularlo. También es cierto que el mundo está poblado de chantangos, personajes nacionales e internacionales que lo utilizan para posicionarse. Siempre han existido. El chantango suele decir que sabe de Tango porque lo lleva en las venas argentinas o porque aprendió a bailar con tal o cual mítico milonguero (como si la tanguidad se comprara con las clases). El chantango abre una escuela de baile en inhóspitos lugares del planeta luego de haber estado dos semanas en Buenos Aires, graba discos desalmados que más parecen caricaturas sonoras, canta con desfachatada desafinación mientras fuerza la S mordida y el fiato de coté. Leíamos algo de Paulina Espinoso pensando el Tango:
“la sociedad de consumo requiere la sustitución acelerada de los objetos, para lo cual es funcional su obsolescencia física, tecnológica o filosófica (...) La pregunta ética es: ¿cómo llevar al mercado global nuestra pasión sin traicionarla más de lo que es necesaria por estructura?”.
Nos proponemos el Tango envueltos en un halo de tanguidad, eso que hace tener la sangre toda de llena de cortados, eso que no se escucha y se dice en Responso según Pichuco, el caminar cetrino que tenía Virulazo, la calle Cachí de la abuela Beatriz, ese tercer tiempo remolón del ritmo, la media voz, el chamuyo discreto. Nos preguntamos cómo es que el Tango hace un corte en la cultura, en nosotros, y descubrimos que, esencialmente, ese corte lo produce la tanguidad, estado supremo del tanguista, misterio manziano. La tanguidad lunar del que conversa con su sombra porque le tiene confianza y no por melancólico. La tanguidad como huella espiritual de los porteños que se extiende, insolente, por el mundo. La tanguidad preexistente en nuestra historia, la individual y la nacional, fileteo profundo que soñó Borges y curtió Cadícamo. Esa tanguidad nos proponemos, paso a paso, nota a nota, golpe a golpe, verso a verso, copa a copa, pena a pena, tango a tango.
Fabián Russo.