Decíamos al final de la nota anterior que tanto el significado originario de la voz lunfardo en el Buenos Aires del último tercio del siglo XIX como su identificación con una jerga de la delincuencia por parte de algunos autores hizo pensar a muchos –a Borges, incluso– que se trataba de un vocabulario delictivo.
Así puede creerse si es que se toman en cuenta exclusivamente algunos testimonios, a saber: un artículo anónimo publicado en el diario La Prensa en junio de 1878, aparentemente por un policía; dos notas firmadas en La Nación por Benigno Baldomero Lugones, un escribiente del Departamento de Policía, en marzo y abril de 1879; el libro Los hombres de presa, que el crimininalista Luis María Drago dio a conocer en 1888 y, finalmente, El idioma del delito de Antonio Dellepiane, editado en 1894.
Tanto el periodista anónimo de La Prensa, como Lugones, que era policía, y Drago y Dellepiane, que eran criminalistas, habían oído estos términos –a los que comenzaron a llamar lunfardo– en boca de ladrones o presos. En virtud de ello creyeron que se trataba de una jerigonza particular, propia del “gremio” digamos. Y muchos son los que comenzaron a creer, junto con ellos, que el lunfardo no era ni más ni menos que el lenguaje que se usaba en la cárcel. Durante varios años se siguió sosteniendo el origen delincuencial del lunfardo. Otros dos policías, José S. Álvarez (Fray Mocho) en Memorias de un vigilante (1897) y Luis Villamayor en El lenguaje del bajo fondo (1915), siguieron sosteniendo que el lunfardo era un tecnolecto delictivo. Consecuentemente algunos estudiosos han creído o, peor, siguen creyendo en el carácter críptico de esta variedad lingüística. Contradiciendo esto, Mario Teruggi, autor de Panorama del lunfardo, ha escrito muy lúcidamente acerca del presunto carácter secreto de estos vocablos:
El mentado carácter secreto del lunfardo (o cualquier otro argot) no resiste el menor análisis, como lo han demostrado muchos investigadores serios. Una breve reflexión basta para comprender que si los delincuentes tuvieran un lenguaje secreto, sólo conocido por ellos, al usarlo ante desconocidos o posibles víctimas se pondrían en evidencia, es decir que su idioma cumpliría precisamente la función contraria a la buscada, que es la de despistar. Cualquier individuo que se comunicara con vocablos en parte incomprensibles no haría otra cosa que llamar la atención hacia sí mismo y despertar sospechas sobre sus intenciones.
Oscar Conde.
Nota: Esta es la primera parte de un artículo que hemos dividido en tres partes. La segunda parte la podés leer aquí