Ella había aprendido a bailar tango con sus maestros argentinos, quienes le transmitieron, como suelen hacerlo los maestros de buena madera, su pasión por el dos por cuatro.
Luis y María le contaban historias fascinantes que la dejaban como flotando en un sueño de giros, trompos y figuras…ella, imaginaba la noche porteña de otros tiempos: el guapo y el farol; los zapatos de charol y el pelo engominado; la elegancia y el clavel en el ojal, hasta podía sentir la fragancia del caballero impecable que la invitaba a bailar.
Un día decidió hacer suyas todas esas historias aprendidas de memoria. Llegó a la Argentina con muy poco equipaje, solo algunas prendas básicas y por supuesto: “sus zapatos de bailar”, esos que la harían deslizar suavemente en la tierra del tango. Cada repiqueteo del taco dejaría su huella, y así también sería parte de la historia…por primera vez protagonista.
Lo primero que descubrió fue que la calle Corrientes no tenía adoquines ni faroles, ni guapos en las esquinas.
Los hombres no llevaban el cabello engominado, ni siquiera un clavel en el ojal. La tan anhelada ciudad era similar a tantas otras que había visitado, sin embargo ésta, tenia lo que ella buscaba: “la milonga” como solía llamarla.
Recorrió los barrios en los que con su imaginación ya había estado. La calle Caminito en la Boca, Barracas, el Puerto, San Telmo, Boedo, Puente Alsina. Recreó (con ojos nuevos), todas aquellas escenas de cada historia contada por sus queridos maestros.
Todo era perfecto, por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz.
Se dirigió al hotel. Esa noche iría a la milonga.
Sacó de su valija su vestido negro, su chal y sus zapatos bailadores. Se vistió cuidando cada detalle, con la nerviosidad de la primera cita. Es que el tango era para ella, el amante deseado, quien la había acompañado en tantas noches de soledad, y sin embargo, en esa noche azul, le vería por primera vez el rostro.
En cambio él, estaba muy tranquilo, seguro del poder que ejercía sobre ella. Sabía que sus acordes eran las caricias más suaves y sus compases las palabras de amor más bellas. Era consciente de que cada nota despertaba en ella pasión y esa conjunción de sentimientos maravillosos la harían estremecer.
Fabienne llego al salón de baile y cuando atravesó la puerta sintió que el tiempo se desvanecía. Los hombres, llevaban el pelo engominado, los zapatos de charol y por supuesto claveles en el ojal. La orquesta era imponente, el bandoneón: la gran estrella.
Después de hacer un inventario minucioso de cada rincón, como tratando de guardar en su memoria aquella imagen para siempre, se dirigió hacia una mesa, y el mozo se acerco…
-¿Espera a alguien Señorita?
-Si Señor - le contesto- y he venido de muy lejos para verlo.
-Oh, debe ser muy afortunado el caballero, ¿puedo ofrecerle algo para beber mientras lo espera?, ella solo asintió, mientras transcurría un tiempo fuera de aquel tiempo…
Mas tarde alguien la invitó a bailar.
Bailó. Bailó con mucha elegancia, sintió su cuerpo ágil deslizarse suavemente por la pista (como si no le perteneciese). Bailó, hasta que las luces del amanecer indicaron el comienzo de un nuevo día. Vivió su sueño, soñándolo por fin de veras, y fue tan hermoso y tan claro y evidente que se dio cuenta de que al tango, nunca le conocería el rostro. Supo que él habitaría en su corazón eternamente porque él, y nadie más que él, era capaz de amarla de esa forma.
Laura Gil