Saber música es algo que hay que hacer si se tiene la pulsión filosófica de aprender el universo, y si acaso se aprende desde el tango, mucho mejor, porque el tango es capaz de la más alta nobleza compositiva sin dejar de ser una presencia cotidiana. Cuando yo quise aprender, conté con la ayuda de alguien que me explicó algunas cosas sobre el estilo riguroso y a quién he querido evocar en estos párrafos.
El universo todo es verdadero en la medida en que se parezca a la música, porque la música es la emergencia natural de la comunión metafísica entre la justicia y la libertad. El que quiera saber qué cosa es la vida, qué cosa es la muerte o que cosa es el amor, que tome clases de armonía, contrapunto y fuga. Si bien no de un modo explícito, esto lo aprendí del maestro Hector Rochetti en la escuela municipal de música de Lanús cuando yo tenía más o menos veinte años. Para entonces el ya tenía setenta y pico de años y además de dar clases de armonía trabajaba para no sé que empresa haciendo cobranzas. El maestro había conocido Japón tocando la guitarra en una formación de tango y decía que él a la música le debía todo y que una vez que hubiera juntado para el arroz iba a dejar de trabajar para sentarse a escribir tranquilo. Recuerdo que una vez fui a su casa con la absurda intención de enseñarle a usar el Encore, pero no hubo caso, alguien que pasa sesenta años escribiendo a mano difícilmente reemplaza el hábito.
“Qué hacés Clo” me decía cuando yo llegaba al aula, y me decía Clo por Claud Debbusy, me gustaba pensar que el apodo venía por mi estilo innovador y genial, pero la verdad es que me decía así por la barba, además mi estilo no sólo no era genial, tampoco era innovador, cada vez que leía una de mis partituras me decía “mirá que sos antiguo, che”, hasta que un día me trajo Verano porteño, lo puso en el piano y me dijo “tocá”.
-Pero, maestro, yo no leo a primera vista –le dije mientras manoteaba el piano buscando esas primeras síncopas.
“Tocá” insistió fastidiado, y si hubiera tenido un puntero a mano lo hubiera usado con todas las ganas. Al cabo de un rato pude sacar algunos compases.
-Ves– me dijo –así tenés que escribir: introducción, tema, desarrollo, puente... sesenta y cuatro compases. Piazzolla era un genio. No sabés lo que me pasó una vuelta. Tuvimos que tocar después de él. El tipo revoleó el fuelle para arriba, lo abarajó en el aire y tiró el último acorde, la gente explotaba... Después subimos nosotros, te imaginarás que no nos dieron pero ni cinco de bola. Cuando llegué a Constitución tenía ganas de tirar la guitarra al medio de la vía.
A la semana siguiente le llevé un tango compuesto a la manera de Piazzolla, me dijo que nunca había escrito yo peor porquería; debo decir que no se caracterizaba por ser un pedagogo de escuela.
Una vez le llevé un concierto para quinteto de cuerdas en Do mayor como de cincuenta hojas y me dijo:
-Estuve toda la tarde leyendo esta basura y no encontré una sola séptima, porqué mejor no esperás a aprender antes de perder tiempo haciendo esto. Además un concierto es otra cosa.
La última vez que lo vi fue en Diciembre del 2000 cuando nos despedimos hasta luego después de tomarnos una cerveza en un bar sobre Pavón. Todos los fines de año se organizaba en la escuela un recital de cierre donde los alumnos exponían todo lo aprendido durante el año. El había hecho para la ocasión un arreglo de tres tangos enganchado, Naranjo en flor, María y Cuartito azul. Yo no soy pianista, pero esa tarde lo fui. La formación era un trío: piano, guitarra y violín. Creo que pocas veces estuve tan nervioso como esa tarde antes de tocar. El maestro me vió fumando en el patio, blanco quizás por la situación, así que se acercó y me dijo algo de insuperable: “tranquilo, pibe, vos tocá que acá son todos sordos”.