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Si el lunfardo no es ni un idioma ni un dialecto, tal vez sería oportuno recurrir a la etimología de la palabra a ver cuánto puede aclararnos. En 1962 el profesor Amaro Villanueva determinó el origen de la voz «lunfardo» a partir de la corrupción de un vocablo del romanesco, es decir, el habla de Roma.
Villanueva encontró en el Vocabolario romanesco de Filippo Chiappini (1945) el término lombardo con el significado de ‘ladrón’, además de un verbo derivado: lombardare, con la acepción de ‘robar’. Según Villanueva explica, la evolución de la palabra, transplantada ya a nuestro país, habría sido: lombardo > lumbardo > lunfardo. Pudo probar esto gracias a la forma intermedia lumbardo, que aparece atestiguada, como una forma local de transición, en el folletín Los amores de Giacumina, publicado en 1886 en forma anónima por quien se descubrió después que era el periodista entrerriano Ramón Romero. En dicha novela puede leerse: “Entre los novio que teñiba Giacumina había un lumbardo [...].” Este testimonio del uso de la forma intermedia, aunque con el valor de gentilicio, es decir ‘nativo de Lombardía’, le permite a Villanueva avanzar en su hipótesis, una vez que ha explicado el paso de la o a una u ( lombardo > lumbardo), tal como se da en pulenta y en cumparsita, y de ofrecer algunos testimonios de fonética napolitana, lengua en la que se tiende a convertir la b explosiva del toscano en v fricativa, como sucede con el cravone frente a la voz toscana carbone (carbón) o lavurante frente a laborante(obrero).
Según Villanueva, el gentilicio lombardo (‘nacido en Lombardía’) llegó a ser equivalente a ‘ladrón’, a partir de un uso que recién habría llegado a Italia en el siglo XVIII, pero que bajo la forma lombart (y su variante lumbart) corría ya en francés medieval con el significado de ‘prestamista’, ‘usurero’, en virtud de que los primeros que ejercieron en Francia este negocio eran de origen lombardo.
El hecho de que el término lunfardo significara en su origen ‘ladrón’ y con tal significado corriera en Buenos Aires alrededor de 1870, llevó a conclusiones erróneas a los primeros que se acercaron a estudiar el fenómeno, pues se interpretó que se trataba de una jerga ligada al ambiente de la delincuencia. Lamento tener que decir lo que para muchos puede ser un desengaño, pero el lunfardo no es –ni lo fue nunca– un vocabulario delictivo. Por una deformación profesional, sus primeros estudiosos (Benigno Lugones, Luis María Drago, Antonio Dellepiane, Luis Villamayor), todos ellos criminalistas o policías, le adjudicaron erradamente ese pecado original.
En suma, ni idioma, ni dialecto ni jerga profesional. Ya dijimos lo que el lunfardo no es. Falta ahora decir qué es.
Oscar Conde
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