Nuestra vida es fugaz, inquieta, ávida... Nos sirve el Tango como descanso y reposo para el espíritu. Es como un discreto retorno al instinto primitivo (André de Fouquières)
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Fundamentaremos a continuación la interpretación de tangos en bares céntricos:
Los tribunales de la capital dieron orden a la Policía para que proceda a la captura de Jesús M. Villanueva, propietario del bar que existía, hasta hace muy poco, en una de las esquinas de las calles Florida y Tucumán, por estar acusado de quiebra fraudulenta.
En un barsucho descuidado en pleno centro porteño regentado por un gallego, se dan cita habitualmente borrachos de diversa procedencia y pedigrí. Rara es la vez que no hay una riña acalorada entre el gallego y alguno de los clientes. A veces porque alguien pretende irse sin pagar, a veces porque uno de ellos intentó prender un pucho…el caso es que el gallego lleva siempre encima un cuchillo plegable, que en varias ocasiones le he visto mostrar amenazando con usarlo.
Conocida es la tendencia de Gardel a modificar los versos que iba a cantar. Los ejemplos son innumerables y obedecen a diversos motivos. Podrían nombrarse a manera de ejemplo los cambios efectuados sobre el verso original de “La Gayola”, “Tango Argentino”(1), “Muñeca Brava” (2) las diferencias en las distintas versiones discográficas de “Haragán”, “Como Todas” o “La Cumparsita” (donde omite la estrofa que comienza “sin embargo yo siempre te recuerdo”, que había cantado en una versión anterior) y tantas otras variantes que nunca podremos determinar.
No deja de llamar la atención la particularidad de esta expresión a la que denominamos tango. Sobre todo en su danza encontramos algo muy atractivo; es el encuentro de los sexos que proclama consideración en medio de una tendencia social
andrógina, que tiende a anular el vínculo entre el hombre y la mujer.
Decíamos al final de la nota anterior que tanto el significado originario de la voz lunfardo en el Buenos Aires del último tercio del siglo XIX como su identificación con una jerga de la delincuencia por parte de algunos autores hizo pensar a muchos –a Borges, incluso– que se trataba de un vocabulario delictivo.